¿Sacrificios o Pulsos?

Viernes, Agosto 14, 2015

      Los aportes de vida, en cualquier nivel o circunstancia constituyen el reto de cada día, conforman el viaje sin valija preferente a rellenar continuamente, pero siempre afanoso por irse a esos viajes, por entender y hacer acopio de cada entrevista realizada, de cada cita o un simple encuentro con lo inesperado y que lo insten a rehacer mundos; ya que en lo esperado, en lo habitual, generalmente, lo que hacemos es acopio de lo obtensible u obtenido, válgase hacer, o convertirse pues en aliado de una una premeditación sobre lo que podríamos obtener, aunque nunca sea exactamente igual a cómo lo imaginemos, importante alerta del consciente sobre el subsconciente para no generar falsas expectativas sobre los resultados. 

     Aún siendo espontáneas y diversas las circunstancias sobre cómo afrontar el reto, y no premiditadas, nunca hay garantía final sobre el producto concebido.  Las aleaciones puede generar productos inconcebibles.  Este es el riesgo y la pasión de construir algo. Por lo tanto, este entendimiento nos debiere ayudar a gestar y no resistirnos a su producto, o por lo menos, no tanto; y si lo dejamos ejercer posicionamiento, deberá ser sólo una especie de barrera temporal para protegernos de aquello, que en primera dote lo cualificamos como negativo, y que existe en toda experiencia; y lo, cual, además, deberemos conocer de antemano, por repetición casi histriónica de los procesos, e incluso, podría darse que el evento te eligiera como parte de los actores secundarios muchas veces, también. Así que esta maraña no nos colma sino más bien nos vacia de intenciones nuevas, pues estos gestos des-mesurados son los que reconoces te han sucitado, un cansancio en las fuerzas, en la entrega, una divergencia en los puntos a yuxtaponerse por falta de colaboración entre los vinculantes. Entonces, es allí cuando no queremos pensar más en bienaventuranzas, designios, buena fe, milagros o capacitaciones prestidigitadoras, sino ser experiencia de vuelta, de expansión y no de constricicón, pues a este punto hemos convertido cada esfuerzo intenso que efectuamos en gestos tan particularizados que ya no nos pertenecen a nosotros sino al receptor.  Necesitamos reconocernos como entes que engrana a lo engranado, que se compenetran con el todo o que cuadran con una parte del todo, al menos.

     Hemos de gestar, de nuevo; bien, pero queremos amolarnos a otros factores externos por lo que podamos exponer nuestros límites, o zona de confort, sin el desmesurado riesgo de tirarte del Everest.  Toma, una zona a delimitar, a constreñir, luego salta el o los muros, ejerciendo una capacitación de su altura versus la tuya, no sea que demasiados altura te haga caer del otro lado no herido, sino casi muerto; no nos  empeñamos solo en auto-ratificar las razones por las que hemos actuado de una u otra forma y por ello nos consideramos capaces de levantar nuestras voces por cobro de honorarios, por zancadas de atraviesa-muro, porque, el otro lado del muro, el lado áciago, cobra su peaje,

     Y puede, que después de saltar el muro, quedes en solitario, puede que tu receptor se haya ido casi sin dejar rastro.  O mejor dicho, te haya dejado señalizado un camino, pero no puede o no desea incorporarte a él. Entonces, todo vueleve a avenirse, como si de una única y vital empresa se hubiese tratado y no sabes qué hacer con tanta dislocación en tu calendario de notas, y el cual, subyace bajo la mirada del resto del mundo, impasible, sin conocer tus secretos más íntimos.  Así, que sé consciente de qué es un pulso, y qué es un sacrificio, qué es vano, y que es un potencial.

    Todo lo que diste, al final tenía un precio iniciario, condicionado ya solo por ser existente, y un bolsillo de aguante, menos para el que pensó que su obra era canalizada como eso: una obra. EL mecenas insospechado. La magnicidad de esta, dependerá, pues, sólo del cobro en especies valorativas.  suficiente para un mecenas bien dotado, de alma, corazón y vida económica.

     Las obras, es decir, las realizaciones fraguadas en lo persistente suscitan emociones de cobro por cuentas abiertas a largo plazo; eso es lo que sucede.  Todo o nada; porque con asiduidad estamos pulsando más de un lado que de otro para que se puedan erigir los acontecimientos, y además, sean salvables.  Para unos, un pulso constante es aquello que los lleva a dejar o a intentar miles de opciones para magnificar el sentido de lo que están construyendo; otros lo llaman sacrificio por el sentido de perseverancia y consecución, por los dolores y desencantos que conlleva un parto sin anestesia, hasta completar la labor emprendida.

    Aparte, y dejado expreso sea, que no se pueden “esperar sacrificios” o acciones pulsantes descondicionadas o compensatorias, a tiempos ni a destajo, ni específicamente, de aquellos que se reasarcieron o colaboraron en tu labor, o de aquellos que sólo se beneficiaron por haber pasado por allí, sin aportar grandes mezclas de tinturas a tu labor porque es/e/sos “alguien-es” no est-án/aban para entender el punto de tu entrega; pues a ellos, en este caso, no sólo les habrá tocado el otro lado, el del receptor sino que su tiempo era el de mirarse al espejo porque no sabían o no tenían idea de cómo hacer más nada.  Estaban tratando de reconocerse a través de tí.  Si no se reconocen a tiempo y tratan de cercenar tu valor, llévate lo que puedas, o déjalo todo, -tu decides-, pero empieza a construir en otro lado.  Ya, que estar de un lado o de otro, en una situación u otra, modifica no sólo la percepción del cerebro sino el comportamiento subsecuente. 

     Las auto complacencias del ánimo son los peores enemigos no sólo contra la capacidad de generar un rango de utilidad correlativo correcto y exacto entre los beneficiarios, sino que va contra el entendimiento de lo no personal.